jueves, 22 de febrero de 2024

El Nuevo Pacto y la gran falsificación de Pablo

 

Escrito por: Othman Hjira


Aunque considero zanjado el tema del pacto desde la perspectiva del Antiguo Testamento, la curiosidad me ha llevado a investigar aún en lo que dice el Nuevo Testamento con el objetivo de tener una concepción que abarque la Biblia entera y que, a su vez, ayude a comprender cómo los cristianos intentaron deshacerse del aspecto material y sanguíneo del pacto con el fin de incluir a los gentiles en lo que ellos llaman: el nuevo pacto. Este último consiste en lo siguiente: al no poder cumplir con la ley de Moisés tal como Dios ordena, lo cual es debido a nuestra debilidad humana, entonces Dios, según enseña Pablo y no Jesús, decidió mandar a su “único hijo” con el fin de establecer un nuevo pacto basado no en el aspecto material (ser de la descendencia de Abraham) sino en el espiritual, es decir, en el hecho de aceptar a Jesucristo como un Salvador que murió por los pecados de la humanidad, de modo que ya, desde el concilio de Jerusalén (alrededor del año 50 d.C), la circuncisión, que los gentiles conversos veían como un acto doloroso, dejó de ser la señal del pacto, y fue reemplazada por la fe en Cristo. Por tanto, la ley de Moisés queda anulada y sustituida por el sacrificio de Jesús cuya venida representa “el fin de la ley” (Romanos 10:4).

El problema con este nuevo pacto, establecido e introducido por Pablo, es que contradice por completo lo que viene en libro del Génesis donde Dios anuncia que el pacto con Abraham y su descendencia va a ser perpetuo y no temporal, y que solo va a ser violado al no cumplir con la circuncisión. Y si tomamos por indiscutible que Dios no falta su promesa, la aparición del término “perpetuo” será suficiente para dejar inválida cualquier interpretación que trate de hacerlo “temporal”. Esa misma promesa se repite en la profecía mencionada en Isaías 52 donde trata a los incircuncisos e inmundos por igual: “Oh Jerusalén, ciudad santa; porque nunca más vendrá a ti incircunciso ni inmundo.” (Isaías 52:1)

Además, Jesús mismo también dijo claramente que la ley de Moisés seguía vigente incluso con su venida: “No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir. Porque de cierto os digo que hasta que pasen el cielo y la tierra, ni una jota ni una tilde pasará de la ley, hasta que todo se haya cumplido. De manera que cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos; mas cualquiera que los haga y los enseñe, este será llamado grande en el reino de los cielos. Porque os digo que si vuestra justicia no fuere mayor que la de los escribas y fariseos, no entraréis en el reino de los cielos.”(Mateo 5: 17-20)

Con esta declaración, Jesús cierra los caminos ante cualquier interpretación que pretenda dejar inválida la ley de Moisés bajo el pretexto de “nuestra debilidad humana”. De hecho, la debilidad humana no es algo novedoso para Dios y no hacía falta esperar hasta que aparezca Jesús para darse cuenta de ello ya que la historia de nuestro padre Adán lo resume todo sobre nosotros. Sin embargo, siendo Dios misericordioso y perdonador, nos enseñó a través de sus mensajeros y profetas cómo pedirle perdón por nuestros pecados, a modo de ejemplo Jesús (la paz sea con él) enseñó a sus seguidores orar así: “Padre nuestro que estás en los cielos (…) Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. Y no nos metas en tentación, mas líbranos del mal; porque tuyo es el reino, y el poder, y la gloria, por todos los siglos. Amén. Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (Mateo 6: 9-15). Según este texto lo único que Jesús mencionó como condición para lograr el perdón de los pecados es: perdonar a los demás y no creer en su supuesta “crucifixión”. Asimismo, Jesús afirma que entre las demás formas para el perdón de los pecados está el arrepentimiento: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” (Lucas 5:32). Si Dios Padre es capaz de perdonar cuando se lo pedimos, cuando perdonamos a los demás y cuando nos arrepentimos, ¿qué sentido tendría mandar  a su hijo a morir por nuestros pecados?

Aún aceptando a Jesús como salvador y creyendo en el sacrificio eso no constituye ninguna garantía. Si eres un pecador, y todos somos pecadores de una manera u otra como sostienen los cristianos, Jesús te va a responder así: “Apártense de mí vosotros hacedores de maldad” (Mateo 7:22). ¿No se supone que Jesús ya murió por nuestros pecados? ¡Cuán difícil es creer en una idea y en su contraria!

 

La crucifixión y sus incoherencias:

1-    La crucifixión en sí no es sino un préstamo a corto plazo y no un verdadero sacrificio. No es lo mismo dar lo único que uno tiene sin la esperanza de recuperarlo, que darlo y recuperarlo enseguida.

2-    Jesús no quiso morir en la cruz y su reacción fue: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46). ¿Por qué Jesús se quejó del abandono si de verdad dio su vida voluntariamente?

3-    Jesús no vino a salvar a la humanidad de los pecados como sostiene Pablo, sino al pueblo judío de sus enemigos romanos: Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; (…) librados de nuestros enemigos, Sin temor le serviríamos.” (Lucas 1: 68-75); “nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel.” (Lucas 24:19-21)

 

La gran influencia de Pablo:

Es muy extraño que un hombre que era muy cruel y ofensivo contra los cristianos, los odiaba, insultaba, encarcelaba y torturaba, y que nunca conoció a Jesús en persona y que a través de una visión sospechosa se convierte de repente al cristianismo y empieza a reformular una concepción de Dios, de Jesús, de la salvación y del pacto diferente a lo que viene en el Antiguo Testamento y a lo que Jesús mismo enseñaba a sus seguidores. De hecho, él mismo reconoce que no todos los discípulos de Jesús le veían con buenos ojos, espiaban y no concordaban con sus enseñanzas (Gálatas 2:4-6) de modo que acabó llamándoles “hipócritas” tanto a Pedro (el jefe de la iglesia) como a Bernabé (Gálatas 2:12-14 y Hechos 15:39). ¿Qué pasó? ¿No nos contaron Pablo y su discípulo Lucas que habían acordado en el concilio de Jerusalén en que Pablo predicara a los gentiles paganos incircuncisos y que Pedro predicara a los judíos circuncisos? ¿Qué es lo que hizo que Pedro y Bernabé cambiaran de opinión? ¿Por qué el Nuevo Testamento nos transmite solo la versión contada por Pablo y no la de Pedro? ¿Y cómo es posible que uno que nunca vio a Jesús en persona se atreviera a hablar mal y llamar “hipócrita” a quienes fueron discípulos escogidos por Jesús? El hecho de dudar de Pablo se debe a que él mismo confiesa que puede decir mentiras sobre Dios y que eso no le convierte en pecador (Romanos 3:7-8), y que puede cambiar de discurso y de principios en función del destinatario con el fin de conseguir más conversos y seguidores (1 Corintios 9:19-23).

Ese Pablo fue quien alteró la esencia del mensaje de Jesús por completo; fue quien anuló la señal del pacto “la circuncisión” que Dios prometió que iba a ser “perpetua”; fue quien anunció el fin de la Ley de Moisés que Jesús consideraba vigente; fue quien introdujo la idea de la salvación de los pecados que Zacarías profetizaba que era una salvación política de los enemigos romanos, etc. Es menester señalar también que las cartas de Pablo constituyen los primeros textos del Nuevo Testamento ya que fueron escritas entre los años 50 y 60 d.C, mientras que los evangelios del Nuevo Testamento nos llegaron  entre los 70 y 110 años, lo cual da a entender que los autores de estos evangelios fueron influenciados por las cartas escritas anteriormente por Pablo y que de allí embebieron sus ideas e interpretaciones. Sin lugar a dudas, circulaban muchas ideas e interpretaciones opuestas a las de Pablo pero fueron consideradas como herejías sobre todo tras la consolidación de las escrituras de Pablo dentro del Nuevo Testamento. Es importante saber que de los 27 libros que componen el Nuevo Testamento, 14 pertenecen a Pablo (¡más de la mitad!), y eso sin contar los dos libros de su fiel discípulo y seguidor, Lucas, el autor del evangelio que lleva su nombre y del libro Hechos de los Apóstoles.

En efecto, Pablo se considera el verdadero fundador del cristianismo actual, un cristianismo predicado, no por Jesús, sino por un hombre que nunca conoció a Jesús en persona y que repentinamente se convierte al cristianismo por medio de una visión sospechosa y contada únicamente por él y por su discípulo y seguidor Lucas (cuyo testimonio le fue contado por el mismo Pablo). Pero, ¿cómo podía Pablo estar tan seguro de que vio exactamente a Jesús y no a otra persona? ¿Cómo podía estar tan seguro de que la luz que había visto era la de Jesús y no la de un diablo? Pregunto eso porque fue él  quien dijo que “el mismo Satanás se disfraza como ángel de luz.” (2 Corintios 11:14) Y dadas las grandes alteraciones que él había causado en el cristianismo, uno podría llegar a pensar que él era el mismo Satanás disfrazado como apóstol.

¿Cómo hubiese reaccionado Jesús si hubiese conocido a Pablo en persona y hubiese sabido que Pablo anuló la ley de Moisés? “Cualquiera que quebrante uno de estos mandamientos muy pequeños, y así enseñe a los hombres, muy pequeño será llamado en el reino de los cielos” (Mateo 5:19), porque es “más fácil es que pasen el cielo y la tierra, que se frustre una tilde de la ley”. (Lucas 16:17) Y siendo Pablo un ex judío debió haber leído esto: Y la tierra se contaminó bajo sus moradores; porque traspasaron las leyes, falsearon el derecho, quebrantaron el pacto sempiterno.” (Isaías 24:5) No obstante, él se atrevió a declarar que ¡Cristo es el fin de la ley!, y a decir que “todo le es lícito” y enseñó a los gentiles: “De todo lo que se vende en la carnicería, comed, sin preguntar nada por motivos de conciencia” (1 Corintios 10:23-24).

 

La profecía del profeta Jeremías:

En el Antiguo Testamento existe una profecía del profeta Jeremías que habla de un “nuevo pacto” con el pueblo de Israel y que es utilizado por muchos con el fin de justificar las alteraciones llevadas a cabo por Pablo: “He aquí que vienen días, dice Jehová, en los cuales haré nuevo pacto con la casa de Israel y con la casa de Judá. No como el pacto que hice con sus padres el día que tomé su mano para sacarlos de la tierra de Egipto; porque ellos invalidaron mi pacto, aunque fui yo un marido para ellos, dice Jehová. Pero éste es el pacto que haré con la casa de Israel después de aquellos días, dice Jehová: Daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón; y yo seré a ellos por Dios, y ellos me serán por pueblo.” (Jeremías 31:31-33). La interpretación cristiana dada a esta interpretación conlleva muchas incoherencias:

-          La profecía habla de un pacto establecido únicamente con el pueblo de Israel, especialmente con la casa de Judá que aún conservaban la circuncisión como señal del pacto, mientras que el nuevo pacto predicado por Pablo es dirigido a los gentiles (de carácter universal) y tiene por anulada la circuncisión.

-          En cuanto a “daré mi ley en su mente, y la escribiré en su corazón”, lo más probable es que se refiere a refrescar el carácter seco y duro de la ley insistiendo más en su aspecto espiritual y moral, y no a anularla por completo (Jesús mismo dijo que no vino para anular la ley de Moisés).

-          Si Pablo vincula el nuevo pacto con la muerte de Jesús en la cruz para salvar a la humanidad del pecado, Jeremías dice: “sino que cada cual morirá por su propio pecado” (Jer 31:30).

-          Esta profecía tiene que ver con el fin de los tiempos y no con la época de Jesús o Pablo, y la prueba de ello es que el capítulo anterior termina así: “en el fin de los días entenderéis esto.” (Jeremías 30:24) y el siguiente en que aparece la profecía comienza así: “En aquel tiempo, dice Jehová, (…)” (Jeremías 31:1).

-          La profecía contiene una gran incoherencia: “Jehová se manifestó a mí hace ya mucho tiempo, diciendo: Con amor eterno te he amado.” Esa declaración de “amor eterno” contradice por completo a muchos otros textos donde se demuestra el enojo y el castigo de Dios contra ellos hasta llegar a sustituirlos por otra nación tal como viene en la parábola de Los labradores malvados contada por Jesús (véase Mateo 21:33-46).

En suma, esta profecía se refiere a darle una nueva oportunidad al pueblo judío que se había desviado y pecado contra Dios mediante un pacto renovado y más espiritualizado con la llegada del Mesías esperado (Jer 30:21) y que viene señalado en Isaías 42:10-13 como un nuevo cántico: “Cantad a Jehová un nuevo cántico, su alabanza desde el fin de la tierra; los que descendéis al mar, y cuanto hay en él, las costas y los moradores de ellas. Alcen la voz el desierto y sus ciudades, las aldeas donde habita Cedar; canten los moradores de Sela, y desde la cumbre de los montes den voces de júbilo.” Como hemos podido ver, este Mesías aparecerá en el fin de los días y será el último profeta de Dios, el cual va a salir del desierto, exactamente de las aldeas donde habita Cedar (hijo de Ismael) y los moradores del monte Sela que está en la actual Medina del profeta Muhammed en Saudi Arabia. 

 

El pensamiento racista y contradictorio de Pablo:

Es gracioso ver cómo Pablo quiso deshacerse del aspecto material del pacto (la circuncisión y ser de la descendencia de Isaac) con el fin de admitir a los gentiles en la nueva religión cristiana, tomando a todos los pueblos del mundo por iguales y bendecidos: “dio de antemano la buena nueva a Abraham, diciendo: En ti serán benditas todas las naciones.”(Gálatas 3:8), pero al mismo tiempo contradecirse y hacer resaltar su pensamiento racista basado esencialmente en el aspecto biológico del pacto. En Gálatas 4 vamos a ver cómo cambió de máscara cuando estaba dirigiéndose a los judíos, allí vamos a darnos cuenta de que todo lo que él decía sobre el nuevo pacto que es basado únicamente en la fe: “los que son de fe, estos son hijos de Abraham.”(Gálatas 3:7), lo deja atrás y hace resaltar de nuevo el aspecto racial del pacto: “Pues estas mujeres son los dos pactos; el uno proviene del monte Sinaí, el cual da hijos para esclavitud; este es Agar.”; “Así que, hermanos, nosotros, como Isaac, somos hijos de la promesa.”; “no somos hijos de la esclava, sino de la libre.” ¿En qué se basó Pablo para decir estas atrocidades? La respuesta consiste en la ley de Moisés que él mismo tomó por anulada y sustituida: “Decidme, los que queréis estar bajo la ley: ¿no habéis oído la ley? Porque está escrito que Abraham tuvo dos hijos; uno de la esclava, el otro de la libre.” Y lo peor de todo eso es que justo en el capítulo anterior (Gálatas 3) él ya había hablado de la Ley del siguiente modo: “Porque todos los que dependen de las obras de la ley están bajo maldición” Luego sostiene: “Cristo nos redimió de la maldición de la ley” ¿Cómo es posible que uno que se contradiga de esta manera tan descarada convertirse en el fundador del cristianismo?

Es indignante ver cómo Pablo menospreció a Ismael y a su descendencia alegando que nació según la carne y no según la promesa (Gálatas 4:21-31), y se olvida de que, si aplicamos este mismo criterio a Jesús y tomamos en serio lo que se dice de su origen en los evangelios (aunque Jesús tiene la sangre de su madre María que es aarónica y no davídica) vamos a darnos cuenta de que su linaje es también fruto de dos relaciones carnales, a saber: la primera historia se remonta a Tamar de cuya descendencia salió la tribu de Judá cuando se acostó con su suegro al pasarse de prostituta (léase Génesis 38). La segunda historia se remonta a Rajab de cuya descendencia nacería Jesús. Betsabeth fue la mujer de Urías con la cual el rey David cometió un adulterio (cosa que ningún musulmán admitiría sobre David porque es considerado un profeta de Dios); y, además, según la Biblia, maquinó para que mataran a Urías en el campo de batalla y así poder quedarse con su mujer (2 Samuel 11:1). Salomón fue hijo de David y Betsabeth: “David, engendró, de la que fue mujer de Urías, a Salomón” (Mateo 1:6). ¿Qué diría Pablo al respecto? Ahí tenemos su respuesta: “No los que son hijos según la carne son los hijos de Dios” (Romanos 9:8) ¿Se atrevería a tratarlo como Ismael y decir que Jesús es hijo de la carne también y no un hijo de Dios?

Otra mentira de Pablo: “nuestro Señor Jesucristo, que era del linaje de David según la carne” (Romanos 1:3). Todos sabemos que Jesús tuvo un nacimiento milagroso y que pertenece biológicamente a María y que, por tanto, lleva su sangre y no la de José el carpintero. En cuanto al linaje de María solo sabemos que es parienta de Elisabeth la esposa de Zacarías que es, a su vez, de origen aarónico y no davídico. ¿De dónde sacó Pablo esta tontería? Por cierto, hasta Jesús cuestionó a quienes le dijeron que es hijo de David diciéndoles: “Pues si David le llama Señor, ¿cómo es su hijo? Y nadie le podía responder palabra, ni osó alguno desde aquel día preguntarle más” (Mateo 22:45). Como siempre, viene Pablo y alega que Jesús es del linaje de David según la carne. ¿No es un gran falsificador?

Veamos otra muy clara falsificación de Pablo: “… a los cuales también ha llamado esto es, a nosotros, no solo de los judíos, sino también de los gentiles? Como también en Oseas dice: Llamaré pueblo mío al que no era mi pueblo, Y a la no amada, amada.” (Romanos 9:24-25) Aquí él interpreta la profecía del profeta Oseas de una manera muy fea y considera que el término “pueblo”  se refiere a los “gentiles”, pero por qué no nos dice ¿quién es la “no amada”? Por cierto, el término “pueblo” aquí viene en singular y no en plural, lo cual indica que los judíos van a ser reemplazados por otra nación y no por muchas naciones, tal como Jesús mismo había anunciado en Mateo 21:43 “El reino de Dios será quitado de vosotros y será dado a otra nación”. Pero, ¿qué tiene que ver la “no amada, amada” con esta historia? Pablo, el judío racista, seguramente no le dio ninguna explicación porque la “no amada” es la mujer de la cual él mismo habló muy mal en Gálatas 4:30-31: “Echa fuera a la esclava y a su hijo, porque no heredará el hijo de la esclava con el hijo de la libre. De manera, hermanos, que no somos hijos de la esclava, sino de la libre.” Y si buscamos lo que exactamente dice Oseas en su profecía encontramos eso: “La sembraré para mí en la tierra, y tendré compasión de la que no recibió compasión (porque fue echada de casa y abandonada sola con su hijo en el desierto), y diré al que no era mi pueblo: Tú eres mi pueblo, y él dirá: Tú eres mi Dios.” (Oseas 2:23). Es muy ridículo ver cómo Pablo intentó deshacerse, aunque temporalmente, de su legado judío al camuflar y falsificar un texto que se refiere claramente al pueblo árabe, descendiente de Ismael, hijo de Agar (la no amada por los judíos). Parece que el complejo más grande que tiene Pablo y los judíos en general es Ismael y sus descendientes, es decir, los árabes musulmanes.


Pablo justifica la mentira y el engaño

Eso se debe a que él piensa que el hecho de decir mentiras no le convertiría en pecador siempre y cuando lo hace con el fin de abundar la gloria de Dios: “Pero si por mi mentira la verdad de Dios abundó para su gloria, ¿por qué aún soy juzgado como pecador?”. Y vuelve a justificar esa fea conducta suya diciendo: “¿Y por qué no decir (…): Hagamos males para que vengan bienes?” ((Romanos 3:7-8). Se trata, pues, de una persona maquiavélica, adopta la postura de “el fin justifica los medios”: “soy astuto, os prendí por engaño” (2 Corintios 12:16). La pregunta ahora: ¿cómo ve Dios esta conducta? ¿Cómo va a Dios a aceptar que uno quebrante sus mandamientos? ¿Dios, con toda su gloria y majestuosidad, necesita de la mentira de alguien para aumentar su gloria?

 

¿De quién es hijo Pablo: el diablo o Abraham?

Si fueran hijos de Abraham, harían lo mismo que él hizo.” (Juan 8:39) Así contestó Jesús a los judíos que le habían dicho que eran hijos de Abraham, lo cual indica que pertenecer a Abraham, según este criterio establecido por Jesús, requiere hacer lo mismo que él. Por el contrario, Pablo no solo no hizo lo mismo que él, sino que hasta anuló un requisito fundamental que constituía la condición del pacto de Dios con la descendencia de Abraham: la circuncisión.

Otro gran error que cometió Pablo y que seguramente jamás le agradaría a Abraham fue cuando habló muy mal de su amado hijo Ismael y su madre Agar en su alegoría de Sara y Agar (véase Gálatas 4:21-31): “Pero el de la esclava nació según la carne; mas el de la libre, por la promesa.” Por tanto, “da hijos para esclavitud; este es Agar.” Si Abraham hubiese estado vivo entre nosotros y leído esto, ¿le habría agradado ver como trató el tal Pablo a su hijo Ismael y a su madre Agar?  Absolutamente no: “esto disgustó mucho a Abraham, porque Ismael era su hijo” (Génesis 21: 11). De hecho, en muchas ocasiones la misma Biblia nos ha transmitido el amor que tanto Dios como Abraham le tienen a Ismael y a su madre: “Aumentaré tanto tus descendientes, que nadie los podrá contar. Estás encinta y tendrás un hijo, y le pondrás por nombre Ismael porque el Señor escuchó tu aflicción.” (Génesis 16:10-11), “En cuanto a Ismael, también te he oído, y voy a bendecirlo; haré que tenga muchos hijos y que aumente su descendencia. Ismael será el padre de doce jefes importantes, y haré de él una nación muy grande." (Génesis 16: 18-20) “del hijo de la sierva yo haré una gran nación por ser descendiente tuyo.”(Génesis 21:13), lo cual significa que Ismael y su descendencia también tuvieron la señal del pacto: “En el mismo día fueron circuncidados Abraham e Ismael su hijo.” (Génesis 17:26) “porque más son los hijos de la desamparada que los de la casada, ha dicho Jehová.” (Isaías 54: 1-2). ¿Por qué Ismael fue un hijo bendecido? Simplemente porque Dios respondió a la invocación de Abraham: "Entonces le dijo a Dios: ¡Ojalá Ismael pueda vivir bajo tu bendición especial!" (Génesis 17:18) Y luego viene Pablo y lo trata a él y a su madre de la peor manera sin ni siquiera querer mencionar su nombre “Ismael” que le fue dado y escogido por el mismo Dios! ¡Dios nos libre de los envidiosos! Amén.

Pablo ni respetó la circuncisión que Dios había establecido con Abraham como señal del pacto, ni trató bien a su amado y bendecido hijo, Ismael. Por tanto, según lo que acabamos de leer ¿es Pablo un hijo del diablo o de Abraham? Dejemos que conteste Jesús: “Vosotros sois de vuestro padre el diablo y los deseos de vuestro padre queréis hacer.” (Juan 8:44) Que la paz de Dios sea con Abraham, Ismael, Isaac, Moisés, Jesús, Muhammed y con todos los profetas de Dios.

 

Conclusión:

Con este artículo se da a entender que Pablo representa una fase decisiva de aquella lucha amarga entre la corriente judía y la romana por tragar la religión de Jesús y apoderarse de ella. Desafortunadamente, Jesús nació en un pueblo cuya gran habilidad es falsificar la historia, y en un imperio cuya gran virtud es la fuerza. Tanto el mensaje de Cristo como su biografía se convirtieron en una presa para la falsificación de los judíos y la autoridad de los romanos de modo que no nos llegó de su vida y sus enseñanzas sino lo que los judíos habían falsificado y los romanos habían confirmado. Y Pablo reunía los dos: era judío y romano al mismo tiempo. De allí viene su carácter camaleónico: judío con los judíos y romano con los romanos.

 

 

 

 


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