jueves, 11 de enero de 2024

Cuestionando la muerte de Jesús y la salvación de los pecados.

             Escrito por: Othman Hjira.

 

 

Todos los cristianos del mundo están de acuerdo en que la crucifixión de Jesús es una doctrina esencial dentro del cristianismo. Su gran amor a la persona de Jesucristo se debe en gran parte al sacrificio que, según dice la religión, hizo por nosotros para liberarnos de la carga del pecado original. Pero ¿se ha atrevido usted algún día a cuestionar esta doctrina y a dudar de ella? ¿Ha tomado usted alguna vez la Biblia y ha intentado averiguar la veracidad de esta doctrina? Si nunca lo ha hecho, este es el momento oportuno. Solo le pido ahora que abra su mente y que esté plenamente concentrado.

Para empezar, ¿un sacrificio o un préstamo?

Ahora vamos a analizar la escena del sacrificio en sí para ver qué significa realmente:

Si le pido a usted que me dé 1000 dólares sabiendo que es todo lo que usted tiene y aún así usted me los da enteros sin la esperanza de recuperarlos ¿sería igual a dármelos sabiendo que al tercer día los va a recuperar? Otro ejemplo, ¿es lo mismo pedirles a los saldados sacarificar sus vidas para siempre con el fin de defender su país, que anunciarles que, aún si mueren, se van a resucitar al tercer día? ¿Cuál de ambos casos es digno de llamarse “sacrificio” y cuál no es nada más que un “préstamo” a corto plazo? En fin, el hecho de recuperar lo que usted dio por sacrificado indica una de dos: bien desde el principio usted lo había considerado como préstamo, o bien el sacrificio le fue duro y se arrepintió y decidió recuperarlo.

Jesús acabó su misión antes de morir:

El problema de esta doctrina se hace aún más complicado si sabemos que Jesús, antes de morir en la cruz, declaró que ya había terminado con la tarea que se le fue encomendada por el Dios Padre:  “Y esta es la vida eterna: que te conozcan a ti, el único Dios verdadero, y a Jesucristo, a quien has enviado.  Yo te he glorificado en la tierra; he acabado la obra que me diste que hiciese. Ahora pues, Padre, glorifícame tú al lado tuyo, con aquella gloria que tuve contigo antes que el mundo fuese.” (Juan 17:3-5) ¿No es una contradicción que aquí diga que acabó su misión a sabiendas que aún no ha cumplido su obra más importante: salvar a la humanidad del pecado mediante su muerte en la cruz? Y la prueba de que sí realmente acabó con su misión en la tierra es que inmediatamente le pidió a Dios que le glorificara en su gloria, al lado suyo. ¿No significa eso que hay algo que no cuadra con esta doctrina?

Jesús no vino para salvarnos del pecado:

Sorprendentemente, en el evangelio de Lucas aparece una profecía del profeta Zacarías (que la paz sea con él) que, al llenarse del Espíritu Santo, preveía, al igual que los santos profetas anteriores, que la misión de Jesús fue salvar al pueblo de Israel, pero no de sus pecados sino de sus enemigos. Leamos lo que dice: “Bendito el Señor Dios de Israel, Que ha visitado y redimido a su pueblo, Y nos levantó un poderoso Salvador En la casa de David su siervo, Como habló por boca de sus santos profetas que fueron desde el principio; Salvación de nuestros enemigos, y de la mano de todos los que nos aborrecieron; Para hacer misericordia con nuestros padres, Y acordarse de su santo pacto; Del juramento que hizo a Abraham nuestro padre, Que nos había de conceder Que, librados de nuestros enemigos, Sin temor le serviríamos. En santidad y en justicia delante de él, todos nuestros días.” (Lucas 1: 68-75)

Se trata pues de una salvación política para el pueblo judío, y no espiritual ni universal y ni siquiera es para todos los pueblos del mundo. Una salvación de la esclavitud en que vivía el pueblo de Israel con el fin de servirle a Dios sin sentir miedo a la persecución de los romanos. Ese mismo significado lo encontramos en el último capítulo del evangelio de Lucas que cuenta que Jesús apareció a dos personas que caminaban a Emaús y les preguntó por qué estaban tristes, ellos, sin reconocerle, le contestaron diciendo: “Jesús nazareno, que fue varón profeta, poderoso en obra y en palabra delante de Dios y de todo el pueblo; y cómo le entregaron los principales sacerdotes y nuestros gobernantes a sentencia de muerte, y le crucificaron. Pero nosotros esperábamos que él era el que había de redimir a Israel; y ahora, además de todo esto, hoy es ya el tercer día que esto ha acontecido. ” (Lucas 24: 19-21) Está más claro que el agua que tanto los profetas como el resto del pueblo judío esperaban que el profeta Jesús fuera a ser el Salvador que va a redimir a Israel, es decir, salvarles del dominio de los romanos y fundarles su reino al igual que su supuesto “padre” el Rey David (digo “supuesto” porque Jesús no es hijo de José sino de su esposa María que es del linaje de Aarón).

Ahora bien, ¿se realizó la profecía de Zacarías con el Salvador, el Mesías Jesús? La respuesta es No. ¿Se hablaba de una salvación espiritual (de los pecados)? Otra vez la respuesta es No. Entonces ¿quién va a salvar al pueblo de Israel de los pecados? Según la profecía de Zacarías fue su hijo, Juan el Bautista: “Y tú, niño, profeta del Altísimo serás llamado; Porque irás delante de la presencia del Señor, para preparar sus caminos; Para dar conocimiento de salvación a su pueblo, Para perdón de sus pecados, Por la entrañable misericordia de nuestro Dios, Con que nos visitó desde lo alto la aurora.” (Lucas 1:76-78)

Entonces, ¿quién le robó esa misión a Juan el Bautista y se la atribuyó a Jesús? Hay que verlo con Pablo.

La salvación es individual:

Mientras los cristianos afirman que la muerte de Jesús es universal, es decir, para salvar a toda la humanidad del pecado, el Antiguo Testamento, por el contrario, defiende la idea de que la salvación es individual y personal, es decir cada cual debe asumir la responsabilidad de sus actos sin que nadie haga cargo de los pecados de otro. Leamos los textos: “Los padre no morirán por los hijos, ni los hijos por los padres; cada uno morirá por su pecado”. (Deuteronomio 24:16), “sino que cada cual morirá por su propio pecado” (Jeremías 31:30), “Apartándose el justo de su justicia, y haciendo iniquidad, él morirá por ello; por la iniquidad que hizo, morirá.” (Ezequiel 18:26), “Echad de vosotros todas vuestras transgresiones con que habéis pecado, y haceos un corazón nuevo y un espíritu nuevo. ¿Por qué moriréis, casa de Israel? Porque no quiero la muerte del que muere, dice Jehová el Señor; convertíos, pues, y viviréis.” (Ezequiel 18:31-32)

Jesús mismo va de la misma línea y anuncia que cada cual muere en su propio pecado: “Yo me voy, y me buscaréis, pero en vuestro pecado moriréis; a donde yo voy, vosotros no podéis venir.” (Juan 8:21)

Se comprueba otra vez más que esa idea diabólica de la muerte de Jesús para la salvación de nuestros pecados no fue sino para camuflar la falsa profecía de que Jesús fue realmente el Mesías prometido que iba a salvar al pueblo judío de sus enemigos romanos, lo cual no se cumplió con Jesús, sin embargo, tenían que hacerle ese salvador a la fuerza (salvador espiritual y no político), sino deberían aceptar que iba a ser otro que vendría después de él: el profeta Muhammed, del linaje de Ismael, y que después de su venida se liberó Jerusalén de la autoridad de los romanos. 

La condición del perdón no es creer en la muerte de Jesús:

Contrariamente a las creencias cristianas, tanto el Antiguo como el Nuevo Testamento afirman que la condición del perdón de los pecados no tiene nada que ver con creer en la muerte de Jesús como salvador y cordero.

En primero de 1 Reyes 8:33-36 hay un texto que dice: “Si tu pueblo Israel fuere derrotado delante de sus enemigos por haber pecado contra ti, y se volvieren a ti y confesaren tu nombre, y oraren y te rogaren y suplicaren en esta casa,  tú oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tu pueblo Israel, y los volverás a la tierra que diste a sus padres. Si el cielo se cerrare y no lloviere, por haber ellos pecado contra ti, y te rogaren en este lugar y confesaren tu nombre, y se volvieren del pecado, cuando los afligieres, tú oirás en los cielos, y perdonarás el pecado de tus siervos y de tu pueblo Israel, enseñándoles el buen camino en que anden; y darás lluvias sobre tu tierra, la cual diste a tu pueblo por heredad.” Este texto deja bien claro que la condición del perdón consiste en volver a Dios por medio del arrepentimiento, confesando el pecado y suplicándole a Dios a que nos lo perdone.

Por otro lado, encontramos que el Nuevo Testamento nos transmite una oración atribuida a Jesús en la cual enseñó a sus seguidores que la condición de conseguir el perdón consiste en perdonar a los demás y no en creer en su supuesta muerte: “Padre nuestro que estás en los cielos (…) Y perdónanos nuestras deudas, como también nosotros perdonamos a nuestros deudores. (…) Porque si perdonáis a los hombres sus ofensas, os perdonará también a vosotros vuestro Padre celestial; mas si no perdonáis a los hombres sus ofensas, tampoco vuestro Padre os perdonará vuestras ofensas.” (Mateo 6: 9-15). Al igual que las enseñanzas del Antiguo Testamento, Jesús afirma que entre las demás formas para conseguir el perdón de los pecados está el arrepentimiento: “No he venido a llamar a justos, sino a pecadores al arrepentimiento.” (Lucas 5:32). Si Dios Padre es capaz de perdonar cuando se lo pedimos, cuando perdonamos a los demás y cuando nos arrepentimos, ¿qué sentido tendría mandar  a su hijo a morir por nuestros pecados? Sin embargo, aún aceptando a Jesús como salvador y creyendo en su sacrificio eso no constituye ninguna garantía. Si uno es pecador, y todos somos pecadores de una manera u otra como sostienen los cristianos, Jesús le va a responder así: “Apártense de mí vosotros hacedores de maldad” (Mateo 7:22). ¿No se supone que Jesús ya murió por nuestros pecados? ¡Cuán difícil es creer en una idea y en su contraria!

Ninguna profecía dice que Jesús moriría por nuestros pecados:

Además de todos los problemas mencionados anteriormente, los cristianos se enfrentan aún a un problema mucho más grave: no existe ninguna profecía en el Antiguo Testamento que diga que Jesús iba a morir por nuestros pecados, por el contrario, todos los textos que profetizan la vida de Jesús indican que fue salvado, protegido y elevado al cielo (eso lo trataremos en el siguiente capítulo). Sin embargo, hay un texto que aparece en Isaías 53 que habla de un salvador del pueblo judío, y que muchos cristianos utilizan para dar crédito a esta falsa doctrina, el texto dice:

1¿Quién ha creído a nuestro anuncio? ¿y sobre quién se ha manifestado el brazo de Jehová? Subirá cual renuevo delante de él, y como raíz de tierra seca; no hay parecer en él, ni hermosura; le veremos, mas sin atractivo para que le deseemos. 3 Despreciado y desechado entre los hombres, varón de dolores, experimentado en quebranto; y como que escondimos de él el rostro, fue menospreciado, y no lo estimamos. 4 Ciertamente llevó él nuestras enfermedades, y sufrió nuestros dolores; y nosotros le tuvimos por azotado, por herido de Dios y abatido. 5 Mas él herido fue por nuestras rebeliones, molido por nuestros pecados; el castigo de nuestra paz fue sobre él, y por su llaga fuimos nosotros curados. 6 Todos nosotros nos descarriamos como ovejas, cada cual se apartó por su camino; mas Jehová cargó en él el pecado de todos nosotros. 7 Angustiado él, y afligido, no abrió su boca; como cordero fue llevado al matadero; y como oveja delante de sus trasquiladores, enmudeció, y no abrió su boca. 8 Por cárcel y por juicio fue quitado; y su generación, ¿quién la contará? Porque fue cortado de la tierra de los vivientes, y por la rebelión de mi pueblo fue herido. 9 Y se dispuso con los impíos su sepultura, mas con los ricos fue en su muerte; aunque nunca hizo maldad, ni hubo engaño en su boca.

A primera vista, y con una lectura descontextualizada uno puede llegar a creer que el texto de Isaías 53 se refiere al profeta Jesús y a su sacrificio con el fin de cargar con el pecado del pueblo judío. Sin embargo, si leemos el capítulo entero vamos a encontrar indicios que nada tienen que ver con la vida del profeta de Dios Jesús, a saber:

-          El contexto comienza desde el capitulo anterior donde se habla de una liberación de Jerusalén del cautiverio, ¡y no de toda la humanidad del pecado!: “Sacúdete del polvo; levántate y siéntate, Jerusalén; suelta las ataduras de tu cuello, cautiva hija de Sion” (Isaías 52:2), “Cantad alabanzas, alegraos juntamente, soledades de Jerusalén; porque Jehová ha consolado a su pueblo, a Jerusalén ha redimido” (Isaías 52:9) Nada de eso sucedió con la venida de Jesús. Por el contrario, y en pocas décadas de su supuesta “muerte” Jerusalén fue destruida por completo en el año 73 d.C.

-          El mismo capítulo describe el siervo de Jehová del siguiente modo: “(…) será prosperado, será engrandecido y exaltado (…) los reyes cerrarán ante él la boca.” (Isaías 52:13-15). Todo el mundo sabe que, según cuentan los evangelios, Jesús no tuvo ninguna influencia política sobre el imperio romano, ni les combatió ni ordenó a sus seguidores que combatieran, de lo contrario, él fue arrestado, humillado y matado por los romanos.

-          En Isaías (53:10-12) lo describe como un siervo con linaje y que ¡fue contado con los pecadores! “Cuando haya puesto su vida en expiación por el pecado, verá linaje, vivirá por largos días (…) por cuanto derramó su vida hasta la muerte y fue contado con los pecadores,” Jesús, según la teología cristiana, no tiene linaje ni fue un pecador.

-          En el versículo 4 dice: “Ciertamente llevó él nuestras enfermedades”, ¿qué enfermedades llevó Jesús? Los evangelios no nos cuentan nada al respecto.

-          Entonces, ¿de cuál “siervo” habla el capítulo? Si volvemos un poquito hacia atrás, exactamente al capítulo 49, vamos a encontrar la respuesta: “Mi siervo eres, oh Israel, porque en ti me gloriaré.” (Isaías 49:3) Luego prosigue: “Poco es para mí que tú seas mi siervo para levantar las tribus de Jacob, y para que restaures el remanente de Israel; también te di por luz de las naciones, para que seas mi salvación hasta lo postrero de la tierra.” (Isaías 49:8-9). En definitiva, el siervo no se refiere a Jesús, sino el pueblo de Israel, y la interpretación cristiana es como el arquero que lanza la flecha y luego dibuja la diana.      

 

¿Sacrificó Jesús voluntariamente su vida por nosotros?

Tenemos tres textos en la Biblia que nos dicen que no.

El primero está en Lucas, y nos cuenta que Jesús estaba en agonía y le oró intensamente a Dios para que le salvara de ella hasta tal punto que su sudor caía como grandes gotas de sangre sobre el suelo, lo cual indica que estaba muy asustado: “Y él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra.” (Lucas 22:41-44)

El segundo está en Lucas también y nos cuenta el estado de ánimo de Jesús cuando se acercó el momento de su detención: “Entonces Jesús les dijo: Mi alma está triste hasta la muerte; quedaos aquí y velad conmigo” (Mateo 26:38). No entiendo por qué Jesús se entristeció si él se ofreció voluntariamente para el perdón de nuestros pecados, sabiendo además que su muerte sería por un corto tiempo y que resucitaría al tercer día de su muerte. Es algo muy extraño. 

El tercero está en Mateo 27, se trata de la famosa queja de Jesús cuando estaba ya en la cruz, dijo: “Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has abandonado?” (Mateo 27:46). Ahora bien, si Jesús dio su vida voluntariamente por nuestros pecados ¿Por qué se quejó y dijo que fue abandonado? ¿Cómo es posible que un “dios” se queje a otro “dios” del abandono que él mismo causó voluntariamente a sí mismo? Yo sé que muchos cristianos se confunden precisamente en esta parte aunque no todos se atreven a reconocerlo en público. 

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