Cualquiera que haya podido
hacer una comparación minuciosa entre los cuatro evangelios incluidos dentro
del Nuevo Testamento, podría notar fácilmente que el Evangelio de Juan tiene
algo de especial. Tanto su lenguaje como su contenido demuestran que es de
carácter muy místico. Eso se debe a que contiene unos textos que se utilizan
frecuentemente por los cristianos para argumentar sobre la naturaleza divina de
Jesús (de la misma esencia que el Dios padre), a saber: “En el principio era
el Verbo, y el Verbo era con Dios, y el Verbo era Dios. Este era en
el principio con Dios. Todas las cosas por él fueron hechas, y sin él nada de
lo que ha sido hecho, fue hecho.” (Juan 1:1-3), “Yo y el Padre uno
somos.” (Juan 10:30), “El que me ha visto a mí, ha visto al Padre;
¿cómo, pues dices tú: Muéstranos al Padre? ¿No crees que yo soy en el Padre, y
el Padre en mí?” Pero aún el texto termina afirmando la subordinación
completa de Jesús al Padre: “Las palabras que yo os hablo, no las hablo por
mi propia cuenta, sino que el Padre que mora en mí, él hace las obras.”
(Juan 14:9-10)
Lo curioso es que mientras
hay escenas y textos que se repiten en los tres primeros evangelios sinópticos,
pues ni en estos, ni en los apócrifos, y ni siquiera en las fuentes Q, M y L
encontramos estas frases que se repiten en el evangelio de Juan. ¿Cómo es
posible que algo sobremanera importante y que tiene que ver con la esencia de
Jesús y su naturaleza se declare en un solo evangelio, el último en ser escrito?
¿Los demás evangelios no lo sabían? ¿Olvidaron hablar de ello? ¿No engendra eso
muchas dudas de que si realmente estas palabras hayan procedido de Jesús?
Además, estas frases no
tienen nada que ver con que Jesús y el padre sean de la misma esencia.
Interpretarlas como tal, abriría la puerta a muchos otros problemas de
interpretación y que podrían llevar al cristianismo a un callejón sin salida
respecto a los credos. Y ya tenemos un claro ejemplo de las disputas que se
generan hasta hoy en día entre los unicitarios y los trinitarios, y estos
textos del evangelio de Juan constituyen el punto de partida de ambas partes.
Ahora vamos a ver otros
textos a los cuales si aplicamos este mismo criterio de interpretación, muchos
conceptos cambiarían y otros se cuestionarían.
Ejemplo 1: “oyó una voz
que le decía: Saulo, Saulo, ¿por qué me persigues? Él dijo: ¿Quién eres,
Señor? Y le dijo: Yo soy Jesús, a quien tú persigues; dura cosa te es dar
coces contra el aguijón.” (Hechos 9:4-6) Más allá de discutir la
credibilidad de este testimonio de Pablo, lo que importa aquí es si realmente
Jesús fue perseguido por Pablo. Este último nunca vio a Jesús en persona, lo
que realmente perseguía Pablo fueron los discípulos y seguidores de Jesús y no
a Jesús mismo. ¿Sería correcto decir que tanto Jesús como sus discípulos son la
misma persona?
Ejemplo 2: “Y dijo Jehová
a Samuel: Oye la voz del pueblo en todo lo que te digan; porque no te han
desechado a ti, sino a mí me han desechado, para que no reine sobre ellos.”
(1 Samuel 8:7) ¿Significa eso que Samuel y Dios son de la misma esencia? Claro
que no, ellos rechazaron la elección de Samuel que es la misma elección de
Dios, por tanto, rechazarla sería como rechazar la de Dios.
Ejemplo 3: “El que a
vosotros oye, a mí me oye; y el que a vosotros desecha, a mí me
desecha; y el que me desecha a mí, desecha al que me envió.” (Lucas 10:16)
¿Significa eso que los discípulos y Jesús son la misma persona? Claro que no,
solo se entiende que predican la misma enseñanza que procede del que envió a
Jesús, el Dios Padre. Y lo mismo podemos
decir de los siguientes textos: “El que reciba en mi nombre a un niño como
este, me recibe a mí; y el que a mí me recibe, no me recibe a mí sino al que me
envió.” (Marcos 9:37), “Mas Jesús clamó y dijo: El que cree en mí
no cree en mí, sino en el que me envió; y el que me ve, ve al que me envió.”
(Juan 12:44-45)
¿En qué sentido son uno Jesús
y el Padre?
El evangelio de Juan dice
que Jesús declaró: “Yo y el Padre somos uno” (Juan 10:30). Muchas
personas utilizan este versículo para justificar su creencia de que Jesús y el
Padre forman parte de un mismo Dios, pero ¿es eso lo que Jesús quería decir
realmente? Veamos el contexto: en el versículo 25, Jesús dice: “las obras
que yo hago en nombre de mi Padre”, y en el 29 enuncia que su Padre le
había dado el cuidado de las “ovejas” y prosigue: “Mi Padre que me las dio,
es mayor que todos, y nadie las puede arrebatar de la mano de mi Padre.” ¿Cómo
puede Jesús ser igual a Dios si él mismo dice que su Padre es mayor que todos?
¿Tendrá sentido decir que Jesús y su Padre son el mismo ser? Es demasiado
atrevido interpretarlo como tal. Pragmáticamente hablando, lo que Jesús quería
decir era lo siguiente: “Nadie tiene poder a quitarme mis discípulos ya que
nadie sería capaz de quitárselas al Padre. Dado que mi Padre y yo somos tan
unidos, quitármelas equivaldría a quitárselas a Él”. Para aclarar este punto, vamos
a imaginar que un hijo dice: “Si alguien le falta el respeto a mi padre, es
como si me lo estuviera faltando a mí”. ¿Pensaría alguien que el padre y el
hijo son la misma persona? ¿O diría que sus palabras demuestran la estrecha
relación que existe entre ellos? Ellos son “uno” en el sentido de que tienen
los mismos objetivos, normas y valores. Y si optamos por una interpretación
literal de los texto, no tendremos sino que admitir que todos los seguidores de
Jesús también forman el mismo ser que el Hijo y el Padre: “para que todos
ellos sean uno, como tú, oh Padre, en mí, y yo en ti, que también ellos sean
uno en nosotros” (Juan 17:20, 21).
Además, Jesús siempre mostró
su dependencia de Dios Padre, él mismo explicó: “No puede el Hijo hacer nada
por sí mismo, sino lo que ve hacer al Padre. Porque todo lo que el Padre hace, eso
también lo hace el Hijo de igual manera” (Juan 5:19). “Que no se efectúe
mi voluntad, sino la tuya.” (Lucas 22:42). ¿Cómo pueden ser el mismo ser si
Jesús no tenía la posibilidad de tomar decisiones diferentes a las de su Padre?
¿Y por qué le oraba Jesús al Padre? ¿Y por qué reconoció que había cosas que él
no sabía, pero su Padre sí? (Marcos 13:32.) Más claro no puede ser.
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